Por Federico Maggiori http://fedemaggiori@gmail.com;… En las calles de Nápoles se combina el aroma a pizza recién horneada, el caos de una ciudad llena de vida e historia y la omnipresencia de Maradona.

Es sábado 14 de diciembre y por la noche debutó en el banco de la Societá Sportiva Calcio Nápoli Genaro Gattuso, con una derrota increíble frente a Parma. Los “tifosi” napolitanos miran con escepticismo el inicio del ciclo del histórico jugar del Milán. Cuando se les pregunta por el nuevo entrenador fruncen la cara y dicen “al menos es de Calabria”. Todo el mundo sabe que para manejar el vestuario del cuadro celeste hay que tener personalidad, y a Gattuso le sobra.

Calabria, en la parte meridional de Italia, es el lugar dónde, nació, por ejemplo, Gianfranco Macri, el papá del expresidente de Argentina. Se encuentra pegada a Sicilia, la isla más importante y grande del país. Bastante más arriba está Nápoles, que es el comienzo del sur y fue, siglos atrás la capital del reino de las dos Sicilias.

Italia es un país partido entre norte y sur. El norte rico, industrializado, limita con Suiza o Austria. Los italianos de allí se siente más cercanos culturalmente a este tipo de paises. El sur es campiña, es pobre, marginal y en eternas vías de desarrollo. Para el norte, el sur es más cercano a África que a Europa. Un viejo poema romano de comienzos del siglo XX llamado “La statistica” afirma que hay una parte del país que come dos pollos, mientras que la otra permanece en ayunas. Es que, para el norte, el sur es inferior, y, para el sur, el norte es opresor.

Es en esta dicotomía es donde entra a tallar la figura de Diego Armando Maradona. Recorrer Nápoles durante 48 horas basta para entender por qué Diego es y será un dios inmortal. Es en la pobreza napolitana donde Diego se hizo Maradona. Antes, cuando había jugado en Barcelona, ni Diego era Maradona, Barcelona era el Barcelona, y Nápoles no era otra cosa que el comienzo del sur. Una región olvidada que abrazaba su brillo de antaño.

Es una ciudad vieja, sucia y descuidada. La basura se amontona en las calles. Sus habitantes, y también los turistas, tiran los desechos por todos lados. Por la mañana amanece medianamente limpia pero con el correr de las horas la basura comienza a acumularse y a generar en algunas partes un olor nauseabundo, que se mezcla en algunos pasajes con aroma a pizza recién horneada.

La ciudad transmite la sensación de olvido pero tiene un encanto especial, que tal vez provenga de sus castillos o las calles con más de mil años. Nápoles es de esos lugares de los que nadie se acuerda pero todo el mundo sabe que están. A esa escenografía hay que sumarle el volcán Vesubio, que resguarda la zona, y el mar Tirreno que baña sus costas.

Las calles se transforman en pasillos donde la gente pone a secar la ropa sin pudor, las puertas de las casas permanecen abiertas y la gente se habla a los gritos de balcón a balcón porque los timbres no existen o en realidad no se usan. Hay por todos lados puestos de comida callejera y el tránsito es caótico, compuesto en su mayoría por motos que pueden aparecer de golpe en cualquier esquina.

También la imagen de Maradona, omnipresente, a casi treinta años de su esplendor futbolístico, se encuentra casi en cualquier esquina. Hay pintadas y murales por todas partes. Imágenes de Diego vestido de santo, como en una estampita gigante, pegada al lado de un cartel que anuncia algún recital.

En el barrio español hay una pequeña taberna que organiza cenas donde hay que reservar con mucho tiempo de anticipación. La fachada parece la de una casa napolitana cualquiera. Allí dentro hay un santuario de Maradona que cubre toda una pared. “Es nuestro Dios, y Nápoles es su patria”, dice Antonio, que trabaja allí.

Es que el sur, y Nápoles como comienzo, es la historia de la exclusión por parte del norte que es rico y poderoso. La famosa “Liga del Norte” impone su política en todo el país. “El norte no quiere que progresemos, quieren que vivamos en el campo”, me habían contado unos sicilianos tiempo atrás.

La elección de Diego por Napoli, fue como todo en la vida del diez, polémico. También fue un acto de rebeldía y la posibilidad de darle a una ciudad postergada desde hace más de dos siglos la posibilidad de creer, de tener fé, de cambiar al menos la realidad futbolística e imponerse a los principales centro del norte como Milán (son de allí Inter y Milán) y Torino (Juventus).

Un pequeño cartel en la calle muestra a Diego, con el “che” Guevara, y Napoli. “Fútbol y Revolución”, dice. Maradona cambió todos y todos se jactan de haberlo conocido o estado en el mismo lugar que él. En algunos sitios hay recortes de periódicos de como Diego jugaba. “Il dio umano” (el dios humano), lo llama un diario napolitano.

Sergio se encarga de mirar a los “tifosi” desde el campo de juego del San Paolo, el estadio municipal donde Nápoli hace de local. Sabe que Diego dirige Gimnasia pero no sabe nada de la “Diego Cam”, la cámara que enfoca a Maradona todo el partido y transmite por Youtube. Le muestro una de las transmisiones y me dice, eufórico, que “¡está hermoso!”, y agrega: “a mí me gustan las mujeres, tengo familia, pero me acostaría con Maradona”.

El San Paolo es un estadio viejo y descuidado por fuera. Por dentro cambia de forma radical debido a que alberga partidos de Champions Legue. Todos los espectadores están sentados. El partido entre Napoli y Parma estuvo duda por un temporal que afectó la región el viernes. El agua generó daños en una estructura y hasta pasado el mediodía no se sabía si se jugaba o no. Una comisión de ingenieros dictaminó que si. Cosas que pasan en Argentina, pero también en Europa.

En las afueras, antes del partido, se venden camisetas. Está la del actual capitán del equipo, Lorenzo Insigne, pero también se sigue vendiendo la de Maradona. No sólo allí, sino en todas partes. También hay bufandas con la cara de Diego. Pareciera que sigue jugando.

La entrada en calor de Napoli de hace al sonido de “Life is life”, como treinta años atrás, cuando Diego hacía malabares con la pelota y bailaba mientras los fanáticos deliraban con sus movimientos.

El enfrentamiento entre el norte y el sur también se nota en el estadio cuando los los equipos salen al campo. Suena una canción y la chiflan. Una mujer, de unos cuarenta años, explica: “es el himno nacional”.

Es de noche y la pizzería “Da Michele” está repleta. Hay que hacer fila para cenar. Famosa por hornear desde 1870 y porque allí se filmó una de las escenas de la película “Comer, rezar, amar”, con Julia Roberts. Preguntó si allí comió Maradona. “¿Qué si comió Maradona? Mira la pared”, me desafía uno de los camareros mientras impone como menú obligatorio una pizza margarita entera para mi sólo y me trae una cerveza. En la pared hay una foto de Diego en el lugar y también una carta del Papa Francisco. No hay menú porque la margarita es el clásico napolitano. Allí se inventó la pizza. Justo dónde Diego también se reinventó.

En Nápoles todo es Maradona. Incluso en Google se pueden observar dos puntos de “Maradona street art”. Uno en el el centro y el más grande alejado.

Diego vive en todos. El taxista que nos lleva al aeropuerto nos cuenta que llevó a Maradona en su “maquina” mucho tiempo atrás. “Es muy amable, nos hicimos amigos”, asegura. Le pregunto por Messi y me dice que no le llega ni a los talones. Coincide con todos los napolitanos: Maradona es Dios.

Me cuenta también que estuvo en el San Paolo en el partido entre Argentina e Italia en el mundial de 1990 que transformó a Goycochea en Goycochea. “Los napolitanos silbamos a Italia e hicimos fuerza por Argentina, le debemos todo a Diego”, afirma.

En el avión, al lado mío está Salvatore, tiene trece años y es napolitano. Cuando nació Diego ya había metido el mejor gol de todos los tiempos, había humillado al norte cuántas veces quiso, había sido expulsado por doping en Estados Unidos ’94 y sentenciado que, a pesar de todo eso, “la pelota no se mancha”. Me pregunta si conozco el gol que Diego le hizo a Juventus de tiro libre. Le digo que sí, pero me lo relata igual. Me dice también que Maradona cambió la historia de Napoli para siempre y cree que también la del fútbol mundial. “Fue el mejor de todos. Lástima como terminó su carrera”, concluye.