Por Armando Borgeaud – Dibujo: Claudio Rodriguez Resplandores caoba en la cenicienta luz fluorescente escalonada desde el cielo raso. Reflejos azules, bronces y aluminios desde las vidrieras al sol. Olor aceite de lino, aguarrás, tufo a encierro, herrumbre añosa, trazos de sulfato de cobre. Vapores de pisos recién trapeados se deshacen entre las etiquetas que aletean frente al ventilador de pie. Hasta que lleguen los primeros clientes de la tarde, Borges y Carrizo hablan del olvido por la radio chiquita, revelando el tiempo para nadie…

-Dibujo del local de la ferretería Barriocanal en la intersección de las calles Belgrano y Brown en nuestra ciudad-

En los últimos días de diciembre de 1979, hace cuarenta años, cerraba sus puertas nuestra Ferretería Barriocanal. Había sido fundada por mi abuelo materno, Eusebio Barriocanal, en la década del veinte del siglo anterior, poco después de llegar solo desde España a los dieciséis. Se trató de uno de las primeros comercios de ese rubro en la ciudad, aunque otro anterior, tal vez el primero, lo tuvo también a don Eusebio como socio.

Primero se llamó La Alemana y durante los primeros tiempos, antes de mudarse definitivamente a la esquina de Brown y Belgrano, funcionó en Brown e Ituzaingó, ( actualmente el estacionamiento vehícular de un hotel ) solar que incluyó la casa familiar donde previamente nació mi madre, Emma Barriocanal, quien además trabajó en múltiples funciones en la ferretería que incluía bazar, (ahora entiendo que ella fue quien con más fuerza amó esa aventura ) desde la adolescencia hasta el momento de su casamiento con mi padre, Armando H. Borgeaud, último copropietario del comercio junto a Zem Preaux, ( la razón social previa fue Preaux, Bayardi y cia ) quien aprendió el oficio de pantalones cortos con mi abuelo y se destacaría además como saxofonista, continuando la vocación musical de su familia.

En el texto que sigue, que condensa mis memorias por haber trabajado allí durante algunos lapsos en la adolescencia y en los tres últimos mientras estudiaba en la universidad, aparecen también Margarita Martinez, entrañable persona, la cajera desde que tengo memoria, y Juan Arana, quien por esas cosas circulares del tiempo Borgeano, fue aprendiz a su vez de Don Preaux, como posteriormente, quien esto escribe, de ambos. Recién ahora vengo a descubrir que Juan y yo nos hicimos amigos en aquellas largas tardes compartidas. No hace falta detallar lo que significó vivir los 70, especialmente en la medida que nos acercábamos al terrible Proceso militar y desde entones: inestabilidad política, social, violencia creciente y niveles impresionantes de inflación, especulación financiera, devaluaciones permanentes, ( el Rodrigazo fue solamente una de las peores no la única y por su puesto tampoco la última ).

En uno de esos contextos nuestras familias lucharon para sostener y sostenerse con este emprendimiento nacido de la idea de un inmigrante tozudo y laburador. Desde siempre la ferretería fue para nosotros, y ahora hablo desde mi familia exclusivamente, mucho más que un medio proveedor de ingresos que, a decir verdad, nunca resultaron extraordinarios partiendo de la base que el viejo edificio ni siquiera nos perteneció.

La ferretería significó, aún significa para los sobrevivientes, una de esas criaturas, naves imposibles o figuras angelicales que en las películas de Fellini resultan para los personajes un ideal por momentos tan cercano y en otros infinitamente lejos e inalcanzable, pero que concentra los deseos en uno solo. O porque tal vez, como escribió Juan José Saer, el futuro suele mostrarnos mucho más de lo que está dispuesto a brindar

La piel del barrio

Aprovecho que no entra gente y salgo para mirar diarios y revistas por la manzana, fumar apurado y libre. En diagonal, la boca del correo traga y despide gente que sube y baja de bicicletas viejas, se saluda con la mano y a gritos en falsete, se queda poquitos segundos para seguir su camino como alrededor de un hormiguero. Camino por Brown sin mirar más que mis pensamientos en la luz de la mañana, pero sé que paso por la casa derruida de los Gonzales donde presiento latas con helechos, malvones, verdes varios en un pasillo con luz de demolición, continúa la mercería de vidrieras sin pretensiones y debe ser por eso que siento de reojo que está a punto de desaparecer, hasta que el olor ácido de tinta negra y papel al sol me delata la puerta reformada tantas veces de El Debate, donde atisbo dos chicos que se cuelgan del mostrador recortado a fuerza de crisis, mientras detrás de un biombo soplan máquinas exhaustas entre música a todo volumen y pilas de diarios devueltos, atados en cruz con hilo peludo, desparramados como en una mudanza y más bicicletas recostadas de aburrimiento. Y al fin los vidrieros, artistas franceses en la puerta del atelier, mirando pasar a la gente con los cigarrillos pegados a los labios mientras levantan espejos que sufren su desnudez desamparada. La carnicería refugia la esquina manchada de rojos fríos entre las cortinas de tiritas metálicas.

A la vuelta, por Rivadavia, Caram, protagonista único de la cuadra, sonríe de bigotazos negros e impecable guardapolvo celeste en la puerta de la peluquería que abandona por unos minutos para extender diarios y revistas con reverencias payasescas. Apuro el paso pegando las últimas pitadas, cruzo a la plaza entre las campanadas del reloj municipal, chusmeo con ansiedad si llegó el último del centro editor, colección Capítulo, emprendo la corridita hacia la iglesia y me sumerjo en el túnel de plátanos por Belgrano, justo frente a la farmacia, derecho hacia el portazo inevitable al entrar apurado, porque hay que acordarse acompañar la hoja con cuidado una vez dentro y, la verdad, nadie lo hace. Enseguida, todos miramos hacia el sanatorio Belgrano cómo llegan, unas tras otras, ambulancias de un choque en la ruta escupiendo cuerpos ensangrentados con ese aire de toreros lacerados en la luz blanca del mediodía. Hasta que la calle recupere su habitualidad indiferente con la rapidez de un cambio de escena para que todos sigamos con lo nuestro.

Charlemos, memoria

La puerta de entrada está en la ochava de Belgrano y Brown. Esa que la gente suelta al ingresar debido a la incomodidad de tener que agacharse levemente para abrirla y que la corriente de aire cierra de un golpe seco y ruidoso a fierro y vidrios una vez en el interior, y que un día íbamos a ver cómo se romperían en mil pedazos, aunque nunca ocurrirá, como suele pasar con los malos augurios que aguardamos convencidos mientras la inexorabilidad de lo imprevisto hace su trabajo.

El salón inmenso de baldosas blancas y negras, ásperas y ahuecadas especialmente en los senderos más trajinados que se delatan opacos y borrosos, donde los pasos se vuelven lentos. A la izquierda y hacia el centro, dos largos mostradores con vitrinas a noventa grados marcando la separación entre los que atendemos al público, moviéndonos de un lado al otro, subiendo y bajando por las escaleras de madera en punta o en las petizas de dos escalones para la media altura.

El objetivo es alcanzar las cajas de cartón que asoman sus frentes con las muestras cocidas para identificar sus contenidos, apiladas en los estantes de tablas que, como gigantescos renglones de madera ocupan las altísimas paredes prácticamente alrededor de todo el espacio principal. Un extenso tapizado de pequeños repuestos, accesorios, arandelas, tornillos de tamaños y formas infinitas, objetos extraños hasta que se aprende su uso, algunos de los cuales, al no sufrir rotación por años terminarán olvidados, acumulando capas de polvo y telas de araña. Otros, se extraviarán en ese mar tal vez por desuso, olvido de sus coordenadas al intentar encontrarlos o involuntarios cambios de ubicación al devolver sus cajas al estante, consecuencia del apuro al ordenar lo que queda fuera de lugar al final del día, cuando se han bajado las persianas y un ambiente lunar de tubos fluorescentes alumbra el desparramo de mercaderías ofrecidas y rechazadas, discutidas y porfiadas, desenvueltas a último momento frente a la duda, el precio o un repentino cambio de opinión. Ante la pieza inhallable, ambos, clientes y empleados nos quedamos mirando el horizonte de muestras medio hipnotizados y al final terminamos negando su existencia o afirmando la probable discontinuidad de su fabricación, como respuestas a la desilusión de quien observa a lo lejos lo que está seguro ha visto alguna vez, aunque no sepa muy bien qué forma ni tamaño tiene exactamente, ni cuánto tiempo ha pasado desde entonces.

Juan es una sonrisa ancha que esconde esa melancolía de los sabios puntuales y bien peinados. Juan no es muy alto y camina chuecamente por los pasillos del negocio como esos jugadores de fútbol que están seguros, siempre, dónde irá la pelota. Juan me demuestra a mí, que soy un chico, que no hay que tener miedo a nada si las cosas se hacen bien, se piensa antes de subir las escaleras, se saluda antes que nada al llegar y antes de irse, se es especialmente educado y cordial con las mujeres, se piensa antes de preguntar por atolondrado lo que ya se sabe, se persiste en el estudio pese a todo. Juan tiene el don de demostrarle a un chico como yo cuando hizo las cosas bien con una palmadita de amistad compañera en el hombro. Juan tiene el don que tan poquísimas veces he vuelto a ver en las personas, prestar atención a los demás todo el tiempo que haga falta. Juan aparece cada vez que voy a necesitar su ayuda, cuando un cliente me acaba de preguntar lo que aún no he aprendido, cuándo, ya trepado a la escalera, no encuentro la caja que me ha señalado desde lejos. O se queda en silencio a la distancia justa si es que he podido salir del brete por mi cuenta y a mí manera, de alguna consulta complicada de esos tipos difíciles ( Juan conoce el perfil de todos y cada uno de los que llegan cada día o en todo caso los saca por aproximación con su método infalible que siempre concluye con sonrisa y media vuelta repentina.

Un entrepiso de madera rodea en forma de anillo la parte frontal y ambas alas del espacio, es un pasillo angosto semejante a un balcón que divide la altura total del local como se pueden ver en algunas bibliotecas. Su misión es facilitar el acceso, mediante una escalera ubicada en el ala derecha y que forma parte de la misma estructura y posee una elevada pendiente para quitar el menor espacio a la exhibición, ( el vértigo que provoca apenas si lo atenúan dos gruesas barandas a sus costados ) , a la mercadería dispuesta desde allí hasta el cielo raso: cajoncitos, cajones, más cajas, rollos, herramientas, generalmente todo lo que la experiencia indica tendrá menos salida.

Es un andarivel por el que apenas puede transitar una persona por vez y que obliga a los más altos a caminar un poco inclinados. Los días de verano las chapas del techo irradian el calor del sol especialmente al cielo raso del altillo al que se puede acceder desde el entrepiso mediante dos pequeñas puertas que recuerdan a los viejos campanarios. Al recorrerlo, buscando una lata de pintura inusual, o un puñado de estopa, se tiene la sensación, al descender por la parte trasera donde el solar recupera su pasado de casa convertida en depósito donde me cuesta imaginar borrosamente, vivieron unos meses mis padres y mi hermana recién nacida, se tiene la sensación de ser el fugaz protagonista de una historieta en blanco y negro con aviones de alas dobles y desiertos impiadosos.

En la mirada de Margarita se puede ver lo que ocurre en el negocio y hasta cómo vendrá el día según lo que se ha enterado que ocurre afuera. Con pulcritud de labios apenas pintados, a lo sumo dos toques de color en cada mejilla, su cabeza erguida con rasgos perfectos de niña impecable, sus ojos grandes moviéndose pícaros observando lo que pasa con cada uno de nosotros al  otro lado de uno u otro mostrador, allá en el entrepiso, a su espalda en el bazar, cuando alguien ha ingresado a husmear sin permiso y su voz delicada pero firme, pregunta con sencillez lo que debe interpretarse, y se interpreta, como una amable recriminación.

Más que costumbre controladora, ella tiene el espíritu de los que saben perfectamente que en la vida las cosas son de una única manera. Los días en los que terminamos cerrando las persianas con clientes dentro del local para poder irnos a una hora razonable, ella toma el control de los movimientos de propios y extraños en ese transitar que requiere doble cuidado hasta que el último comprador fue atendido, pasó por la caja y ha salido con muestra escolta por la puerta de doble hoja sobre Almirante Brown. Todo sin levantar la voz, con perfumados toques de ironía inteligente de única mujer del grupo.

Luna serena en tiempo de jazz con toque felliniano

Justo frente al mostrador principal, a una de las puertas de acceso al interior del local, pasillo mediante, ( también en esa anchura enmaderada hay colgajos de cepillos varios, tostadoras de amianto, arcos de sierra de aluminio ), está la caja registradora. Con aire de locomotora encristalada, cafetera gigante, exagerada manija, teclas de taco alto, invencible sobre el mueble donde parece haber nacido, junto al escritorio de la contabilidad y el control de facturas, la enlutada máquina de escribir,  los armarios con llave que esperan en carpetas las cíclicas inspecciones de la DGI, que han llegado a confesar disfrutan regresando a la paz de los comercios donde siempre está todo en regla.

Juan lo llama señor Pró desde que aprendió cómo se pronuncia su apellido, pero es una definición certera de la elegancia silenciosa de ese hombre corpulento que camina dos menos diez, que parece no haber cesado de trabajar desde que llegó al mundo. Alto y rubio para siempre, el pelo ensortijado le cae en mechones sobre la frente ancha de tez rojiza, cada vez que su andar más movedizo que preocupado, más concentrado en sus deberes que con tiempo para el desánimo que nunca lo alcanzará, soliloquia entre las intermitentes demandas del día. Pero no puede con esa sonrisa adolescente que le arranca la música en sus manos grandes de saxofonista de alma, cada vez que acompaña con sus dedos sobre el instrumento imaginario, alguna melodía que llega atenuada desde la radio pequeña de Margarita, a un costado de la registradora, hasta el rincón donde lo encuentre: sentado un rato a su mesa de paño verde marcando mercadería, o guiando a todo el mundo como experto conocedor del oficio. O mirando a lo lejos con las manos apoyadas en el cajoncito cuadriculado de los clavos, con ese derecho inalienable que tenemos  de imaginar nuestra vida de otro modo.  

Aún queda por visitar el rincón de la mesa de paño verde donde todavía se cortan, esporádicamente y de favor, algunos vidrios para vecinos o amigos insistentes, con la regla larga colgada en un rincón y el diamante ensartado en su caparazón de madera y bronce. A la izquierda del mesón esperan los materiales de electricidad: cajas, llaves de simple y doble punto, tomas combinados, para embutir, externos, caros, calidad media y económica, tornillos cabeza plástica, tapas para cada modelo, salvadoras unidades sueltas que ya no se fabrican, rollos de cable acostados en el nivel más cercano al piso, pesados para maniobrar aunque flexiblemente coloridos, secciones diversas, unipolares, bipolares.

Desde allí, volviendo por el centro del local hacia la dirección del ingreso, se encuentran las dos vidrieras cajón que dan a la calle Belgrano, aunque para llegar a esos cristales de luz natural, sea necesario andar entre los anaqueles y repisas color caoba del bazar, acompañando con paso tímido la larga indecisión de señoras y señoritas, algunas de ellas que ni soñando imaginamos, al cruzarlas por la calle, poder pasear a su lado entre porcelanas y aceros inoxidables, fuentes doradas, arañas para alcobas que inmediatamente adquieren el aroma de sus proximidades que obligan a bajar la voz, aunque sea para rechazar el pedido de un descuento absurdo. Hasta que la búsqueda llega al fin y hay que volver a la atención de plomeros y gasistas apurados que hemos visto llegar desde las estanterías, especulando que alguien los atenderá antes de nuestro regreso al ruedo.

Mi viejo lleva una bufanda perfectamente cruzada en el cuello y un pullover fino con pitucones. Tiene el pelo ceniza y envejece lentamente sin perder un milímetro de la distinción que las personas traemos o no desde el comienzo. Mientras ordena los papeles a unos metros de Margarita que alterna estar parada frente a la caja registradora con sentarse en el banco alto de asiento tapizado, silba  y canta, según el día, Duelo criollo, de Gardel, el tango que habla de la luna serena ( por qué me parecerá que hay perfume de ópera en el falsete de esas curvitas melódicas )  y con esa sombra compañera de sus rutinas va de un bibliorato al otro, de una planilla contable a un formulario de la DGI. Cada tanto, levanta la vista de anteojos sobre la nariz, para ver si ando cerca del peligro de subir escaleras a toda velocidad o maniobrando un rollo de alambre de acero que al soltarse como un resorte podría lastimarme los ojos. O me vigila en la vereda de la calle Brown donde estoy con Juan desenrollando alambre tejido ( entorpecemos por unos minutos el paso de los peatones que se ven obligados a hacerlo por el estrecho caminito que les dejamos libre junto a la pared )  para medir el pedazo que cortaremos con tijera de hojalata, entre risas sobreentendidas.  Después, mi viejo se pondrá el saco, confirmará llaves y billetera antes de salir y se irá para siempre con su leve balanceo al caminar de pasos largos, las manos en los bolsillos, el silbido gardeliano bien bajito, flor en el ojal.

Epílogo con último adiós a Don Ramón

Es un junio muy frío. Los dos socios salen retrasados, como detectives macilentos, por la puerta de chapa ubicada en el límite de la propiedad sobre la calle Brown, único acceso al edificio después que se han bajado las persianas. Antes de salir, han desconectado las llaves eléctricas en el tablero cercano a la puerta. El de pelo gris y espalda erguida, cierra la trabex doble paleta que retumba en el pasillo del interior como si el local estuviera desocupado, con movimientos ágiles y seguros. El otro, rubio y desgarbado, aguarda en la mitad de la vereda que su compañero termine la tarea. Con las manos en los bolsillos observa la calle Belgrano pensativo.

Unos segundos después las dos figuras de alturas similares, vestidos con largos sobretodos, cruzan en diagonal la calle desierta y entran cuidadosamente, uno atrás del otro, por el corredor que conduce a la casita donde hoy encontraron muerto a Don Ramón, el peluquero de cejas emplumadas, tiradores de muñeco y voz de agua tibia, habitué de la ferretería para vender por quilo los diarios la nación que recibía de lunes a domingo, y de paso distraer su aburrimiento de hombre solo charlando con cada uno. Porque eso también son los negocios, aunque no parezca a primera vista, refugio breve de una intimidad al paso que si no existiera todo sería peor. A cada lado del cajón, velarán de pasada y en silencio el cuerpo esmirriado de niño grande que sonríe en paz por la jugarreta en semejante noche de perro. Hasta que el reloj de la municipalidad marca las nueve de la noche y los tres, porque se ha sumado el gato Raimundo desde la cocina, apenas llegaron los únicos visitantes desde que las vecinas acomodaron todo en el dormitorio, van saliendo parsimoniosamente. Uno de los dos guardará la llave que a la mañana temprano pasarán a buscar de la cochería para el entierro.