Para un héroe tan veterano, ninguna batalla puede ser la última”, escribe Enric González, en su habitual columna de los lunes en el diario El País. El texto de esta semana habla de “la derrota lenta” de la Argentina ante España en la final del Mundial de básquet. Una caída que estaba en los planes, pero que dolió en el vestuario argentino por cómo se llegó hasta la definición, eliminando a los candidatos Serbia y Francia.

Mientras España se dedicaba a “la bella administración de la victoria”, los ojos de Luis Scola iban por otro lado. En El País destacan que el capitán de 39 años no solo saltó bajo los aros de tres continentes (jugó en clubes de América, Europa y Asia) sino que también es uno de los pocos profesionales que ya jugaban “en tiempos de Michael Jordan, a finales del siglo XX”.

“En los minutos finales, el espectáculo más intenso fueron los ojos opacos de Scola. Su mirada, atenta, a la vez firme y desconsolada, podía parecerse a la de sus compañeros. Pero los demás eran jóvenes. Él, en cambio, había recorrido ya otras veces el camino de la derrota lenta. Sabía lo que estaba ocurriendo”, marcan.

La columna, que termina con el deseo de que Scola diga presente en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, es un repaso de una final que dejó a la Argentina como “un derrotado admirable”. Y en ese camino a la definición, González cuenta mucho de lo que sufrió el ejército de Napoleón cuando entró en Moscú en septiembre de 1812 y cómo cayó, tres años después, en Waterloo.

“En la derrota lenta y dolorosa se distingue al buen soldado. No es difícil reunir valor cuando se gana. Sí lo es, mucho, mantener el coraje y la disciplina cuando todo está perdido. Lo mismo puede decirse del deportista: la condición de héroe se alcanza en las situaciones desesperadas”, señala, en relación al último cuarto de la final en Pekín. “Aunque en el deporte todo es posible, lo imposible no ocurre casi nunca”, añade.